Mis guitarras,

Prójimo de la madera, Carlos Salmone carpinterea la música que vendrá cuando la mano encuentre su destino de guitarra.

Sarmiento decía que a Rosas le bastaba mascar un pasto para saber en qué lugar de La Pampa estaba; a Carlos Salmone le basta con cerrar los ojos y sentir el temblor de la madera para recordar el canto del pájaro que se posó en sus ramas y que aún sigue volando entre sus raíces.

Luthier se llama la alquimia de hacer un instrumento con la inasible materia de los sueños. Así como la Naturaleza hace al árbol, Carlos hace la guitarra, siente en su propia piel el don del agua, da sus hojas al viento para que reciba noticias la distancia, mira el lento vuelo de las aves que migran hacia la luz y el alimento, abriga con su sombra a los hijos de la intemperie, y deja que la savia profunda se continúe en los misterios de su sangre.

Ajusta las clavijas de la noche para que brille el diamante de la primera estrella, pone cuerdas al corazón de las madrugada, e inventa el silencio para que se escuche la lágrima más dulce de la tierra.

¡Quién pudiera ser árbol para morir en guitarra y renacer cantando!.

Carlos Salmone borra las fronteras que separan al hombre del pájaro.